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En junio como en enero… de 2013

No estuve allí, pero el regocijo me llenó al escuchar la narración de lo que aconteció ayer en esa cuadra cubana.

Escuchaba el cuento y casi me parecía ver todo el ajetreo descrito, que precedió a la inauguración de aquel busto de Martí.

Los vecinos reuniendo dinero y esfuerzos para levantar el pedestal y anclar el busto, haciendo gestiones para comprar, la noche antes, un hermoso cojín de flores, buscando las posturas para sembrar rosas blancas; asegurando sillas, diplomas, y los niños ensayando para el poema y el canto, que no faltaron en la ceremonia.

Sí, ya sé que no aparecerá en ningún gran titular, que es uno más de los tantos homenajes que este pueblo ha rendido al Maestro en el 160 aniversario de su natalicio. Pero lo organizó un CDR, con el mismo entusiasmo de hace 52 años –cuando se fundó esa organización de masas-, convocando almas, apelando a ese sentido de la cubanía que los nacidos en esta Isla llevamos impreso casi en el ADN, y que se mantiene intacto, a pesar de tanto viento en contra.

Supe de adultos muy conmovidos, de niños cuyas voces resonaban como de ángeles al multiplicar las palabras del Maestro, de evocaciones y descubrimientos. Mas, lo que creo más estimulante fue corroborar cómo, en esos breves espacios de vecindarios y corazones, resortes tan hermosos como genuinos, siguen funcionando y convenciendo.

Los ojos más desconsolados del mundo

Era esa hora de las siluetas en que no ha llegado la noche y el día no se acaba de ir, cuando, a mediados de cuadra vi un bulto doblado sobre el contenedor de basura.

Supuse era uno de esos lamentables “buzos” en busca de latas y otros desechos reciclables.

Pero a medida que me acercaba, percibí sollozos. Era una mujer la que lloraba mientras rebuscaba en el latón de basura volcado a sus pies, y encendía fósforo tras fósforo pretendiendo localizar algo.

Alarmada, condolida de antemano, le pregunté si podía ayudar en algo.

Me miró con los ojos más desconsolados del mundo, tratando de atajar con las manos manchadas un lagrimón que le corría mejilla abajo, y musitó:

-Arrollaron a mi perro y alguien lo tiró aquí. Quizás todavía esté vivo…

En ese instante, la llamita iluminó un peludo bulto carmelita. A la mujer se le escapó un gemido.

Con angustia rayó un nuevo fósforo y lo acercó a la cabezota enorme, desvaída.  La luz, naranja y tambaleante, se empozó sin remedio en aquel par de ojos que miraban fijo, muy fijo.

En el fondo de las pupilas inmensas se congelaba de a poco un desconsuelo tan hondo como el de su dueña.

No quedaba otra cosa que abrazar despacio a la mujer. Dejarla que llorara bajito.

Del Chupi-Chupi al Pudín

 

“Dame un chupi chupi, que yo lo disfruti/ abre la bocuti, trágatelo tuti/ Dame un chupi chupi, dale ponte cuqui/ y apaga la luqui, que se formo el balluqui” Mientras escucho este reguetón de Osmani García, la Voz; me pregunto cuántos estarán sordos a voces como esas.

Por más que se hagan llamados a cultivar los mejores valores, ese tema resbaladizo y vital, no veo que la práctica y el discurso encuentren  todos los necesarios puntos de coincidencia.

Basta echarle un vistazo a los más recientes video clips, oír con atención las letras de canciones como esta del Chupi-Chupi; o del Pudín, o La Chambelona; y qué decir del clip “La Corrupción”, del Chacal. Salvo el último, que solo asomó las narices creo que una sola vez por la televisión cubana; los otros son ampliamente consumidos y disfrutados con sus mensajes sexistas, incitadores de instintos, y francamente vulgares en la mayoría de los casos.

Nada tengo en contra del reguetón como género –aunque no me gusta en lo personal-. Mi oposición y disgusto no es por el continente sino por el contenido. Estoy convencida de que este no es tiempo de valses, pero ninguno puede ser el tiempo de la vulgaridad y del incentivo a pisotear lo que nos distingue del resto de los mamíferos. Por no detenerme ya en detalles de cada una de esas letras en donde la violencia, la cosificación de la mujer, el subrayado a la condición de solo macho del hombre, el aplauso por tener y no por ser, por beber, fumar y ostentar son sus denominadores comunes.

Si se tratara solo de la llamada música alternativa, difundida en espacios alternativos, va y me callo –aunque eso de “alternativo” tiene también tela por donde cortar-. Pero hablo de lo que se transmite en nuestra televisión, en horarios donde incluso los más chiquitos están frente a la pantalla; hablo de los videos que animan las discotecas, y de los contenidos en CD que venden los cuenta propistas. Es en nuestros espacios donde eso se promociona, en los mismos donde un instante antes, por ejemplo, ha salido al aire uno de esos cortos que, “en extrai”, de modo bien explícito -y por tanto fallido a mi modo de ver- se subrayan buenas conductas con aquello de “¿Grabaste?” y “¿Cómo quedo yo?”

Será que en este tema de los clip y cierta música bailable hemos cogido el rábano por las hojas, y animados de una supuesta tolerancia y flexibilidad, de la liberalidad que signa a la globalización, hacemos como el avestruz, metiendo la cabeza en el hueco para dejar pasar la bola, porque total, “hay asuntos más importantes y apremiantes”.

Es verdad que lo urgente y lo importante no van siempre de la mano y hay que garantizar lo esencial en el orden material. Pero a veces me siento como una especie de navegante solitaria. Debo ser una romántica o una idealista por pensar que nos quedamos a mitad de camino enfrentando y denunciando campañas mediáticas enemigas, desenmascarando a desvergonzados disidentes, si a ese otro enemigo, que no puede personalizarse, que no lleva un nombre propio – porque a ninguno de esos cantantes los anima otra cosa que la búsqueda de popularidad y éxito-, le hacemos, con cariño y hasta aplauso, un lugar en el sofá.

La novia-trofeo

Me lo contó una colega y amiga hace solo pocas horas y no he dejado de darle vueltas en la cabeza al asunto, que ya había escuchado por otras bocas: en las carreras de carros clandestinas que tienen lugar en las madrugadas de La Habana, el ganador puede obtener como trofeo acostarse con la novia del vencido.

No me propongo comentar ahora sobre quiénes son esos “competidores” que pueden disponer de un auto y de la gasolina para tales diversiones, además prohibidas y que incluyen apuestas. Aunque bien serviría para una buena investigación periodística, prefiero primero detenerme en la novia-trofeo. Es decir, en la novia-objeto, esa que es entregada y usada como un par de zapatos, parece ser que con su tácita aceptación.

¿Quiénes son esas muchachas que admiten tales condiciones, quizás mucho más humillantes que las imperantes en un harén y que hacen evocar el medieval “derecho de pernada”? ¿Hasta dónde realmente se han ido resquebrajando valores y la propia autoestima de algunas y algunos? ¿Debemos entender tales cosas solo como una simple, otra, expresión de modernidad y globalización?

Igual he sabido que existen “tarifas” en discotecas: por una cerveza que le paguen, un beso; por dos… Es verdad que tales trueques y premios tienen lugar solo en determinados sectores de la juventud, en espacios capitalinos bien específicos donde el peso cubano no tiene sitio. Mas, una única joven o adolescente cubana que se preste para tales canjes ya debería ser motivo de alarma, de angustia y de acciones, no precisamente represivas.

Si fuera un país distinto a Cuba la cuestión obviamente pasaría inadvertida, tan espeluznantes son las cifras de ultrajadas, prostituidas por hambre, y también asesinadas; sin mencionar el tráfico sexual incluso de menores. Pero hemos invertido 50 años de esfuerzos y empeños apostándolo casi todo por el hombre nuevo, por la mujer nueva; en aras de la dignidad plena del hombre, y de la mujer.

Sin embargo, probablemente esas muchachas sean una más, anónimas entre las tantas que se encaminan cada mañana hacia sus trabajos y escuelas, quizás ni su propia familia esté enterada y, quizás, ni ellas mismas le vean nada de malo a tal asunto.

Y ahí, justo en ese punto, creo que está lo peor.

Jóvenes cubanos en la encrucijada

Rescato la trascripción de una entrevista que hice hace un par de años al doctor Miguel Limia, al frente de las Ciencias Sociales en el CITMA. Son fragmentos en que responde acerca de los jóvenes cubanos, sus singularidades y motivos.

Me parece que estas consideraciones de quien permanece al tanto de los más recientes estudios sociológicos sobre el tema, pueden complementar muy bien el post anterior “Brújulas”.

“Es necesario romper una serie de estereotipos acerca de qué cosa es el joven, de cuál es la estructura de su personalidad. No se puede pensar que el joven cubano actual tiene la misma estructura de personalidad que en la década del 60, no tiene el mismo eje de referencia axiológico, de valoración, que las generaciones iniciales de la Revolución, porque la juventud cubana actual es el fruto de toda una historia compleja de desarrollo de la Revolución, es el fruto del trabajo de todas las generaciones precedentes.

“Conforman una generación que no tiene referencias del pasado capitalista para configurar su proyecto de vida y para valorar la sociedad, sino tiene que como referencia situaciones sociales mejores que la presente o iguales, pero no peores que la presente. Ha pasado por una década del 80 y una gran masa por la década del 90 con todo el Período Especial (PE), y ha estado sujeta a la influencia del mercado, a la doble moneda, a las medidas tomadas para sobrevivir. Hay que tomar en cuenta esas especificidades de su desarrollo.

“Además, es una juventud que está mucho más individualizada porque es fruto de la obra de la Revolución, y ha sido enriquecida con todo lo que ésta le ha aportado. O sea, que tiene un criterio mucho más crítico para confrontar las palabras con los hechos que las generaciones anteriores.

“Con esto quiero decir que es una juventud que se siente fin de la sociedad, con una noción muy profunda de su dignidad como persona, porque ha sido educada para ser centro de la vida de la sociedad; para pensar, para tener la fuente de la autoridad moral en su propia cabeza. Por tanto, es una juventud que articula su interés con la sociedad de un modo diferente a como lo hacían las generaciones fundadoras de la Revolución cubana.

“Para esta juventud de hoy, después de 50 años, el éxito de la obra colectiva pasa por el éxito del proyecto personal. En consecuencia, el proceso de cooperación social tiene que tomar en cuenta la especificidad de los intereses de estas nuevas generaciones, porque individualización no significa individualismo, la individualización es un rasgo de la estructura psicológica; el individualismo es un rasgo moral, una opción moral frente a al altruismo. Y yo no pienso que la juventud cubana actual sea menos altruista que las generaciones que la preceden o que coexisten con ella.

“La juventud cubana de hoy no es una masa homogénea porque son muchas las generaciones y sectores que la componen. Está muy retada por la situación de contracciones con que vive la sociedad, por las grandes polarizaciones que se desataron con el PE. En consecuencia, tiene puesta a prueba su sensatez, su capacidad de reflexión, su capacidad de continuar la memoria histórica del país, y de encontrar una solución constructiva al nexo del proyecto personal y social.”

Espero por sus opiniones, que igual pueden ayudar a enrumbar caminos, casi en vísperas del Congreso de los Pioneros, donde podremos escuchar a las voces más nuevas.

Brújulas

Arreglando el closet encontré el tirapiedras de mi hijo. Tanto peligro corrían los cristales y bombillas del vecindario, que decidí escondérselo, quién se acuerda hace cuántos años. Y allí se quedó, hasta que hoy di con él y me dejó como media hora contemplándolo y pensando mientras jugueteaba con la ya reblandecida goma.

Mi hijo, nuestros hijos, esos nacidos hace unas dos décadas, han dejado sus tirapiedras. También ya dejaron su infancia, esa que no supo de muñequitos rusos ni de litros de leche a peso; esa que iniciaron y casi terminaron entre apagones. Repitieron nuestros mismos lemas, fueron a iguales marchas, pero sus canciones eran diferentes; también sus miradas, sus desconciertos, que percibo como lanzamientos del tirapiedras, llegados con retardo, pero certeramente, a la diana del pecho.

Se burlan de nosotros porque somos “cheos” o “fulas” por usar pantalones que no quedan ajustados, porque nos enredamos para convertir un archivo mp3 a otro formato, o porque les reiteramos mil veces antes de salir “lleva el carné de identidad, cuídate y no vengas tarde”. No son peores, tal vez mejores incluso; simplemente diferentes, como tienen que ser.

Poco les importan los periódicos o el noticiero, pasado mañana les resulta algo demasiado remoto y se concentran en el ahorita o esta noche. Quieren ir a discotecas, usar Converse, tener móviles, ordenadores…También fuimos nosotros -un Nosotros genérico-, quienes les enseñamos a desear y a no desear. Una buena parte de lo que les decimos les sabe a discurso, a “trova”, porque no supimos, no aprendimos a decirles de otra manera las verdades.

Ahora, son tripulantes de un viaje hacia lo ignoto para el que no eligieron sacar pasaje, y se les pierde la mirada oteando el horizonte. Esa mirada que como boomerang, golpea contra la frente peor que el más certero lanzamiento de aquel tirapiedras.

Pero ellos tienen la brújula, y no tirarán piedras. Confiemos.

Imprescindibles

Ya los había definido Bertolt Brecht y la historia da fe de ellos desde tiempos inmemoriales. Pero será siempre su deudora, porque, al final, nadie supo ni sabrá los nombres propios, los dolores y contenturas que han armado las vidas de esos hombres anónimos y gigantes en su entrega a los otros.

Pocas veces como por estos días me los he tropezado como parte de lo cotidiano, y ahora sí, con número de identidad, hijas que amar y casas que arreglar, los he conocido y estrechado sus manos con una gratitud y casi devoción que rebasan los márgenes del suceso personal para agradecerles que su diario existir me apuntalen también la confianza en el mejoramiento humano.

Son médicos que sin alharaca ni reclamos, llegan al amanecer luego de sortear guaguas y botellas, que se levantan hasta dos horas antes para estar bien a tiempo en el traslado de un paciente o acompañarle en una prueba difícil. Como lo más normal del mundo, llaman a las dos de la mañana para saber cómo sigue la enferma de cuidado; y cuando una averigua, estaban desde el teléfono instalado a dos cuadras porque ni teléfono particular tienen.

El profesionalismo, la ética y el auténtico humanismo que les acompañan, estoy segura les garantizaría los primeros peldaños en cualquier podio primer mundista. Y aquí siguen, contándote como lo más normal del mundo que pasaron el fin de semana luchando para poder llenar con pipa el tanque de su casa, donde no hay agua hace tres meses; el otro, que invirtió los dos día en tirar una placa para su maltrecha vivienda, y el de más allá, aunque su superior le había autorizado permanecer en casa por estar aquejado de fuerte migraña, fue de los primeros en aparecerse el domingo “para darle una vuelta a la sala.”

Aunque les acompañan sonoras categorías académicas y a más de uno le llaman profesor con reverencia, ninguno duda en trasladar él mismo al paciente en la silla de ruedas cuando está demorado el mensajero y tampoco ninguno se siente fuera de lugar yendo a buscar él mismo al laboratorio los resultados del análisis, o ajustando con la dietista detalles de cierto almuerzo.

Se me antojan hombres de luz estos médicos que no aparecen en los noticiarios y hacen cola como cualquier hijo de vecino, marcados con la misma y a veces mayor heroicidad que la de sus colegas destinados en otras latitudes. Les veo por salas y pasillos del hospital a cualquier hora, llevando su resplandor con la misma naturalidad con que la luciérnaga revolotea su barriguita iluminada. Pero su luz es la de los imprescindibles, la que no se lleva como lauro, sino para alumbrar el camino de los otros.

Héroes en el patio

Me sucedió hace ya casi un mes, pero no había tenido el valor de llevarlo a blanco y negro por lo que me lastima evocarlo. Iba yo rumbo a la revista cuando a mi izquierda, algo más adelantado, vi a un joven que avanzaba trabajosamente, a causa de alguna malformación que hacía de sus largas piernas más un obstáculo que un aliado para la marcha.

De momento, trastabilló, y como en cámara lenta -Saint Exupery hubiera dicho “cayó blandamente…”- empezó a caer, un brazo recto al piso para amortiguar la caída, y el otro, tendido al aire, como clamando por una mano milagrosa que lo salvara. Sus ojos, nunca sabré por qué, se dirigieron justo a los míos, que marchaban unos metros detrás, y en ese solo instante leí en aquellas pupilas tanto de desolación, angustia y derrota, que aún ahora me estremezco al recordarlo.

Corrí a socorrerlo, y a duras penas logré ayudarlo. Mientras lo hacía, a nuestro lado pasaron un par de jóvenes, como aquel caído, pero saludables y robustos, quienes al igual que yo, debían haber visto todo el episodio, incluyendo mis trabajos para levantar al muchacho.

Cuando reanudó su camino sin contratiempos, me apuré en alcanzar a aquellos dos y les pregunté a modo de reproche si no se habían percatado de lo ocurrido. Como elefante a hormiga me observaron, retadores, irreverentes, y con tres palabras explicaron su conducta: “Estamos apurados, señora”. En la comisura de los labios les asomaba una extraña sonrisa a medio camino entre la ironía y el desprecio. 

Me niego a aceptar que la piedad, la sensibilidad humana hayan pasado de moda como un pantalón campana o una grabadora de cassette. Me resisto a imaginar que esa sonrisa que vi en sus labios se haya propagado como una contagiosa -mortal- epidemia y pueda volver a tropezármela en otros igual de jóvenes. 

Lo paradójico es que ante una supuesta convocatoria a donar sangre para las víctimas de un desastre, o para contribuir a la liberación de algún pueblo y en primer lugar al suyo propio, muy probablemente estén sin dudar entre los primeros. El doctor Miguel Limia, presidente del Consejo de Ciencias Sociales del CITMA, me lo comentaba en una reciente entrevista:  

“Es importante desarrollar mucho más diversificadamente la  noción de deberes en la sociedad. Porque revolucionario no solo es quien va a morirse con un fusil en la mano, hay que ser revolucionario también frente a la esposa, al hijo, al abuelo…; eso es imprescindible para hacer socialismo hoy. Se hace necesario poner el énfasis en una conciencia y cultura política que una lo político con lo ético y con lo estético.

“Los cubanos -explicó el estudioso- somos proclives a hacer análisis políticos más que éticos de la conducta. Hay quienes identifican estos últimos con entrometerse en la vida ajena. Sin embargo, ello permite ir a las motivaciones más profundas de la conducta. Lo cual es importante sobre todo en una cultura como la nuestra, donde el paradigma ideológico es de carácter heroico-trascendental, y donde hay un sentido del sacrificio, pero que no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como un medio. El sacrificio te puede llevar incluso a entregar tu vida, pero no para alcanzar la condición de mártir, sino por la libertad, por la felicidad, aunque sea de otros en quienes trascenderás.”

El ciudadano Kane… y su carné’idá

Ser ciudadano cubano

El agente del orden público comprueba algo en su tablilla y se acerca con paso decidido a los dos  hombres. Dirigiéndose al que lleva la jaba, reclama:

-Ciudadano, su carné de identidad

-Oiga policía, ¿el socio se le parece a alguien, o qué?  -media el acompañante con una sonrisa entre asustada y conciliadora.

-Compañero, apártese por favor, le estoy pidiendo al ciudadano su identificación.

Fui testigo de esta escena en la noche del viernes último y le he seguido dando vueltas, no porque tenga vocación de CSI, sino por vocación ciudadana.

Desde hace mucho – no podría determinar cuántos años, pero años son-,  estoy escuchando la singular acepción con que se ha vestido en nuestra Isla al término ciudadano, al menos en las relaciones interpersonales. Ciudadano se le llama en los periódicos al que se busca por un delito, al que la policía interpela y no para felicitarlo por su buena conducta, ciudadano es el acusado de un juicio, al que paran le exigen “¡alto ahí, ciudadano!”

Los otros, los demás que alentamos en esta república, hasta fruncimos el ceño si somos llamados así porque el simple apelativo tiene olor a distanciamiento, frialdad y a veces hasta a desprecio. Pareciera como si la condición de ciudadano hubiera dejado de ser un orgullo.

A propósito del singular fenómeno, y porque las palabras también pueden ser espejo o boomerang, pregunté, en medio de una larga conversación, al doctor Miguel Limia, presidente del Consejo de Ciencias Sociales del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). Estas fueron sus consideraciones:

 -La cultura política tiene una dimensión de sensibilidad que abarca muchas cosas: el lenguaje, los símbolos, la manera en que se organizan las rutinas y los procedimiento públicos. Hay que reivindicar la noción de ciudadano. La Revolución cubana crea una condición nueva de ciudadanía porque enlaza la ciudadanía política con la económica, la social y la cultural; sin embargo, a ese término lo hemos resemantizado con un significado peyorativo, dejándolo en manos de los órganos de enfrentamiento.

“Entonces -continúa Limia-, hay que rescatar la noción de ciudadanía porque es la dimensión política de las personas y esa no se puede perder, al contrario, el poder tiene que socializarse cada vez más. Todas las contradicciones que debe resolver la sociedad cubana, nos obligan a las diferentes generaciones a determinar  muy bien cuáles van a ser los valores por los que vamos a optar y van a regir nuestras actitudes, qué vamos a considerar revolucionario y qué no; qué diferencia la vamos a considerar legitima y cuál no; cuál es la función legítima del Estado frente al ciudadano, cuáles los deberes del ciudadano frente al Estado…Y todo eso inscrito en el hoy, no en los años 60 ni en los 70, por eso insisto en hablar de una ciudadanía política de nuevo tipo.”

Jóvenes cubanos en 3D

Foto José Oscar Castañeda

“Para la sociedad nosotros somos un poco locos, por decirlo de alguna manera. Hacemos cosas que en tiempos pasados se consideraban tabúes, a lo que todo el mundo no está acostumbrado. Y eso es criticado por las personas mayores que nos dicen ‘en mi tiempo eso no era así, esta juventud está perdida’. No nos influyen mucho, pero te hacen sentir a veces como una persona inferior. Porque tú tienes que vivir tu vida, y los adultos deben darse cuenta que ahora la estamos viviendo también nosotros.”

Este es el criterio de un estudiante de décimo grado del preuniversitario capitalino Saúl Delgado. Su opinión no constituye una singularidad, aunque haya diversidad de matices.  Así se constató en cinco entrevistas grupales realizadas a alumnos de preuniversitario en las provincias de Matanzas, Ciudad de La Habana y Pinar del Río, donde también dialogamos con un colectivo de jóvenes trabajadores agrícolas.

¿Cómo se ven a sí mismos estos jóvenes? ¿Cómo son vistos por sus mayores? Son interrogantes que llevaron a las reporteras a indagar sobre la dificilísima tarea de formar valores, en un acercamiento a las múltiples dimensiones de la realidad juvenil. Con el intercambio, que incluyó también entrevistas a numerosos profesores, intentamos además constatar en la cotidianidad las tesis sostenidas por académicos durante la mesa redonda sobre valores e Historia de Cuba, que realizara  BOHEMIA hace un mes.

Para leer más: http://www.bohemia.cu/2010/03/18/encuba/jovenes-cubanos.html

                             http://www.bohemia.cu/2010/03/18/encuba/verdades-ala-colibri.html

 Nota: Esta es la indagación periodística que da continuidad, desde la visión de los propios muchachos, al trabajo Los jóvenes harán su propia historia. Paternalismo, familias que ayudan poco a la educación de sus hijos, maestros que no se sienten lo suficientemente acompañados por el entramado social, y otros obstáculos junto a la adversa situación económica, conforman un escenario difícil para formar a los cubanos más nuevos. No obstante, cruzarse de brazos nunca será la solución.