Archivo por días: 31 julio 2010

El destino en el escaparate

Miguel no cree en el destino. Lo afirma con el convencimiento de mucha vida intensamente  a la vez que sonríe al borde de un enjundioso plato de chícharos, que pocos saben cómo pudo llegar aun humeante desde Guantánamo hasta sus manos.

Amigos que bien le quieren y conocen de sus preferencias culinarias, contribuyeron en inédita cadena a que tuviera lugar este “milagro”.  Solo en sortilegios de ese tipo cree el Migue, quien, sin embargo, asegura que cuando cada quien viene al mundo ya trae programada también la fecha de la partida, y por tanto no hay por qué sofocarse demasiado: “uno se va cuando le toca”.

Tal convencimiento pudiera funcionar como buen asidero en algunas circunstancias, y, sin dudas, pone en bancarrota a aquellos que hacen el pan vaticinando futuros y recetando fórmulas para la buena suerte y el cambio de derrotero.

Con sonrisa bonachona, el paciente Miguel cuenta de uno de esos trabajadores por cuenta propia del oráculo y las adivinaciones  consultado por un vecino a propósito de haber sufrido una importante pérdida. El atribulado señor había literalmente perdido, extraviado, algo muy significativo para él, y acudía al adivinador en busca de alguna fórmula mágica o conjuro para recuperar su bien.

Pues resulta -sigue narrando el Migue con esa gracia criolla estrictamente de producción nacional- que el supuesto vidente hizo ante el cliente ciertos pases misteriosos, le conminó a repetir algunas frases misteriosas ante la puerta de su hogar, y finalmente le aseguró:

-Oiga, no lo dude usted porque lo estoy viendo clarito, clarito, y oigo una voz que me lo susurra: vaya a su escaparate que allí va a encontrar lo que se le ha perdido.

Con los ojos así de grandes, llenos de candor y respeto, el interpelado preguntó:

-¿Usted está seguro?, mire que a mí lo que se me perdió fue el caballo.

Relacionados:

Las pelotas de Miguel