Archivo por días: 23 septiembre 2009

La felicidad de la mosca

Concierto de Juanes en La Habana

No estaba en La Habana cuando a casi un kilómetro de donde vivo se reunió más de un millón de cubanos. Me perdí la noticia.

 Sin embargo, por la televisión pude disfrutar minuto a minuto del concierto Paz sin fronteras. Las vivencias personales las fui acopiando en diálogo con amistades que sí tuvieron el privilegio.

 Cuando faltaban un puñado de días para que tuviera lugar ese acontecimiento, escribí el post “El desacato de la mosca”, donde comentaba sobre mi escasa preferencia por las composiciones de Juanes. Mi opinión no ha cambiado y sigo respetando la ajena. A pesar de ello, lo acontecido el domingo 20 en la Plaza de la Revolución, probablemente marque un antes y un después en la vida cultural de Cuba.

 Me parece que no fueron precisamente las canciones del premiado colombiano, porque en realidad no fue un concierto de Juanes, las que confirieron tal relevancia al evento, pero a su iniciativa primera se debió todo lo sucedido. A esa semilla se le fueron sumando nuevas ideas, aportes, hasta llegar -a pesar del ridículo pataleo de la extrema derecha miamense- al acorde final de la trompeta de Alexander. Juan Formell lo resumió de una manera única: “Duélale a quien le duela, ya se hizo el concierto”.

 Y sí que parece haberle dolido a los anticubanos de Vigilia Mambisa, al punto de caer en posturas casi histéricas, francamente ridículas. Sin proponérselo, el propio Juanes y todos los que protagonizaran ese suceso dieron pie a una nueva descaracterización de esos vecinitos. Porque hasta a personas que radican en esta Isla y que tampoco simpatizan con la Revolución vi bajar la cabeza y quedarse sin palabras de defensa, al comentarles acerca del parecido entre ciertas posturas medievales y la destrucción de discos, aplanadora mediante, ocurrida en Miami.

 La expresión de un desproporcionado gordo de la calle 8 de Miami al descuartizar discos de Juanes y de La Tañón me hizo suponer que igualita debió haber sido la de Torquemada. Era tal su ira, puesta en la pantalla de televisoras cubanas, que presumí le hubiera alcanzado para achicharrar enteritos a tales “herejes”, como lo hiciera aquel Inquisidor general de Castilla y Aragón. De seguro este nuevo inquisidor es uno que aplaude los tres días para matar, planificados desde aquella orilla con miras a un iluso regreso triunfante a Cuba.

 Para ser fiel al espíritu que animó ese concierto de palomas blancas, no debo seguir ensuciándolo al evocar esas imágenes. Mejor reproduzco el comentario de una amiga que asistió allí con su hijo adolescente: “me sentí muy feliz, dichosa, de ver cómo nos abríamos cada vez más al mundo, y también viceversa. Para mí, ver hondeando en esa plaza la bandera hecha por un muchacho con su pulóver, donde había dibujado el viejo símbolo de los hippies de amor, paz y libertad, fue todo un acontecimiento. Cuando yo era como ahora es mi hijo, me habían sancionado duro en la secundaria por pintar en mi mochila ese mismo símbolo. Bueno, era el tiempo en que los Beattles estaban prohibidos, y hoy Lennon permanece sentado en el parque de 17 y 8″.  

 Me gusta imaginar al eterno John escuchando desde su banco el retumbar de aquellos aplausos, de la música que desbordaba la Plaza de la Revolución, y, de momento, mirar por sobre sus gafitas circulares, y con media sonrisa, empezar a entornar por lo bajo Let it be, let it be.